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LUCIA CANO - A GIRL WITH KALEIDOSCOPE EYES (1983)

 Instantes capturados en la cotidianidad. 
Para no olvidarlos, para no olvidarse.
La foto como memoria congelada, tangible, visible.
Como verdades expuestas y a tiempos crudas.
Memorias que exponen, a veces intrusas 
y otras tantas cómplices. 

APREHENDIENDO MOMENTOS.
Mi primer cámara fue una 110 Kodak de Odisea Burbujas. Tendría 6 o 7 años y fue un regalo de mi abuela Mema. No recuerdo cuales fueron mis primeras imágenes. Seguramente de mis hermanos y sus juguetes, de nuestro gran jardín (o al menos así lo parecía en mi infancia). 
Varios años después me regaló mi primer 35 mm, una Olympus portátil, morada -mi color favorito - y además contra agua. Me enseñó cómo colocar el rollo para no velarlo, los diferentes ISOs y tipos de films disponibles en aquella época de los 90s.  Cada año o dos, la cámara era sustituida por otra. De cuatro, era la única nieta que había heredado su gusto por la fotografía y eso se había convertido en uno de nuestros momentos de complicidad. 
Mi fascinación por la fotografía, las múltiples formas de ver, de jugar y de aprehender la realidad, será posiblemente la mezcla de la pasión instituida por mi abuela y una travesura vestigio del inconsciente colectivo representado en Santa Lucía, la santa patrona de la vista y por supuesto mi tocaya.
OJO CALEIDOSCÓPICO
La mayoría de mis fotos las hago motivada por un egoísmo puro. Porque deseo poseerlo todo y además empiezo a desconfiar ya de mi memoria. Los instantes, los intercambios, las complicidades, todo lo que el cuerpo comunica sin hablar, todo lo que la naturaleza nos regala. A veces como una observadora incómoda e inquisitiva, otras como un afable invitado que trata de camuflarse, que agradece la confianza y desea pasar desapercibido sin perturbar esa intimidad.
Para bien o para mal, siempre he sido una autodidacta. Más que la técnica perfecta busco poder captar momentos, contar y compartir historias en una imagen. Historias con desenlaces infinitos, congeladas por la simple acción de activar el obturador. Historias que despierten, muevan y conecten al ahora voyeur con algo que parecía estar dormido o que desencadenen algo completamente nuevo en si. 
La dicha de poder jugar con la Luz y las sombras, los instantes, los espacios. O de evocar sentimientos y recuerdos en otros en una comunión atemporal. La dicha de tener un referente para no olvidar.
Hasta que el tiempo nos alcance.. o hasta que la vista nos lo permita.
LUCÍA CANO.
MÉXICO, DF. 
2016
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